Leer, ¿Para qué?

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viernes, junio 06, 2008

El corazón delator... de Elisabeth

Yo, un hombre tranquilo, que siempre he querido a todo el mundo y he sido justo, ¿cómo mi vida ha podido acabar así? Le quería y pensaba que él a mi también, pero no.

Él me quería; eso yo pensaba; nunca había sido injusto con él, jamás le había insultado pero quería algo de mi.

Me parece que fue mi ojo el que le dijo de matarme. Yo tenía un ojo de buitre, un ojo azul pálido tapado por una telilla. Cada vez que le miraba y lo clavaba en él parecía que se le helaba el cuerpo y por eso decidió matarme y liberarse para siempre de aquel maldito ojo y por tanto de mi.

No lo notaba, me trataba muy bien y jamás habría pensado que quería matarme, lo hacía con precaución y previsión, disimulaba su trabajo. Nunca había estado tan amable conmigo como durante la semana anterior al suceso, pero eso mismo me hizo sospechar que algo tramaba.

Cada noche hacia las doce, me imaginaba que una fuerza maligna entraba cautelosamente, muy cautelosamente, en mi habitación pero nadie perturbaba mi sueño. Notaba una atracción en mi ojo de buitre, cómo un rayo de luz que me molestaba. Esto cada noche, durante siete días, a las doce en punto. ¿Cómo podía tener cada noche el mismo sueño?
Todas las noches esperaba que me durmiese para poder observar el típico sueño pero nada cambiaba, siempre la misma sensación. Y después cada mañana, él entraba en mi habitación y me hablaba animosamente, llamándome cariñosamente, por mi nombre y preguntándome como había pasado la noche. ¿Pero que tenía aquel hombre? Yo no entendía nada de nada.
La octava noche soñé con lo mismo pero esta vez más silencioso, con menos intensidad.
Yo quería descubrir si de verdad era un sueño y de repente noté una sensación, alguien que de verdad me estaba observando y me moví nervioso. Observaba a mi alrededor pero no había nada. Minutos después oí un pequeño ruido y exaltado grité: ¿Quién está ahí? Permanecí sentado en la cama escuchando; durante toda una hora no oí nada y al poco rato descargué y grité un débil gemido, un gemido de un terror mortal. No era un gemido de dolor sino que era el sonido grave y silencioso que brota del fondo del alma por el miedo aterrador. Intentaba pensar que aquel ruido ligero no tenía importancia, que simplemente era el viento que soplaba, un ratón que corría, un grillo que chirriaba, las puertas que golpean… Pero todo fue en vano.

La muerte cada vez se acercaba más furtivamente. Sentí, ahora sí, la presencia de él en mi habitación.

Esperó un largo rato y después un rayo de luz salió de la ranura y dió de lleno en mi ojo. ¡Ah, que dolor! Yo le miraba fijamente abriendo el ojo de par en par y mientras lo hacía empezó a enfurecerse. Después llego a sus oídos un resonar apagado y preciso. Aquel sonido era el latir de mi corazón. Aumentó mas su furia. Entonces todo siguió callado. Él mantenía el rayo de luz sobre mi ojo.

El latir del corazón iba en aumento, se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, no paraba. Mi espanto era terrible, no podía controlar ni propio corazón. Él se llenó de un horror incontrolable. ¡El latir crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Parecía que mi corazón iba a estallar. Los dos estabamos llenos de ansiedad. Yo chillaba y reclamaba y con sólo un segundo me arrojó al suelo y echó encima de mi el pesado colchón.

Mi corazón continuó latiendo pero cada vez iba perdiendo más fuerza. Cesó de latir. Todo era silencio, paz. Yo había muerto.

Ya muerto me descuartizó y me escondió debajo de unas plancha del piso.

Más tarde, a las cuatro de la madrugada tres agentes llamaron a la puerta, él tranquilamente fue a abrir. Un vecino había escuchado mi alarido y se sospechaba la posibilidad de un asesinato.
Él, para disimular, les invitó a entrar y registraron toda la casa. Se inventó que el alarido lo produjo el mismo por una pesadilla y que yo había marchado al campo. Se sentaron todos en mi habitación y él colocó su silla en el sitio bajo el cual reposaba mi cadáver . Al cabo de un rato de charlar él se puso pálido y se empezó a percibir un zumbido cada vez más fuerte. Era mi corazón.
Solo lo percibía él y sentía horror y agonía.

Él no aguantaba más, sintió que tenía que gritar o morir, y otra vez más fuerte…, más fuerte… ¡Mi corazón no paraba! Pero antes de morir él lo dijo:
-¡Basta ya de fingir, malvados! ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí…ahí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón!

Elisabet Beneria Sala 1r B - ESO 2006-2007

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El ahorcado